Democracia y sociedad de mercado

Alfonso Maldonado
10 min readSep 16, 2023
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Hay simplezas a la cual nos tienen acostumbrados. Una de ellas es la de malponer el mercado, adjetivándolo de todo lo malo, y relacionándolo con la sociedad de consumo o cualquier tipo de liberalismo económico, incluido el neoliberalismo o capitalismo salvaje. Detrás hay ilusiones de igualación que no resisten el menor análisis. Por lo cual conviene considerar que, para provecho de la misma sociedad y para grupos humanos cohesionados, las diferencias importan y convienen.

Somos diversos: responsabilidad diferenciada

Sin querer desviarnos del norte trazado, habría que considerar la responsabilidad diferenciada que existe en las sociedades. Por considerar el caso mismo de la Iglesia, una es la responsabilidad del obispo, otra la de los párrocos y otra la de los catequistas, animadores parroquiales y las familias mismas. Son distintas y no son intercambiables. En mis tiempos de párroco o en los que interactuaba con comunidades populares en Lara, un grupo juvenil siempre era una aspiración y casi que la joya de la corona de las parroquias. Muchas cosas acontecen en las edades claves de la adolescencia y primera juventud. Sin obviar que, para mayor coherencia, lo ideal es que la cantera provenga de la atención y organización de los niños (la pastoral infantil). En ningún caso se le podía delegar a la parroquia toda la responsabilidad sobre los líos en los que podían meterse los adolescentes. Si asistían a una reunión semanal, la coordinación de la trayectoria de los chicos entre sus casas y la parroquia era un asunto que corría por cuenta de los padres y representantes. Se supone que, una vez dentro de las áreas parroquiales, existe una responsabilidad delegada que se le ha confiado a la parroquia. Esto puede ser extrapolado a otras situaciones, sea en el ámbito educativo, laboral, empresarial o en instituciones de diversa índole.

Es que las diferencias no son malas. Simplemente “son”

Todos sabemos que existen mejores médicos que otros, mejores educadores que otros, mejores sacerdotes y párrocos que otros… y no es acabo de mundo. De un tiempo para acá consideré que, como párroco, no hacía las cosas tan mal como hubiera supuesto (en mis inicios como carmelita no me imaginé actuando como párroco, aunque sí “fajado” en otros ámbitos). Pero tenía la claridad, por un lado, que otros lo hacían mucho mejor y con más facilidad y, por el otro, que yo podía apoyar la labor de las parroquias de otras maneras. Así vi que calzaba muy bien en el apoyo pastoral a todo lo referente con los Derechos Humanos. Y creo que también ocurre con las sociedades: existe la complementariedad. De lo contrario, estaríamos organizados todavía como tribus, hasta por razones hasta práctica (cuanta más pequeña sea una comunidad, más factible es la democracia directa).

Es que las diferencias no son malas. Simplemente “son”. Destacar en algo debe hacerme responsable ante la comunidad y, por otro lado, obtener algo de reconocimiento social, como cuando un buen médico aspira a estar holgado en sus necesidades personales y familiares. Pero tampoco los compromisos son solo morales, por lo que deben poder ser exigidos mediante la ley, cuando se defrauda la buena voluntad o lo convenido. Como pudiese ocurrir, para volver con el ejemplo de los médicos, cuando hay malas praxis.

En las sociedades hay grupos e individuos cuyas decisiones tienen un mayor peso sobre el resto. Por ejemplo, quien ejerce un cargo público en cualquiera de los poderes y niveles de gobierno. O los que tienen el uso del monopolio de las armas, como son los cuerpos de seguridad del Estado. O quienes han sabido ser exitosos en su actividad económica. Claro que dicho así pareciera que se homologan matices importantes, como cuando hay exceso de poder o se han utilizado medios contrarios a la ética o la norma. Ni lo primero niega lo segundo ni lo segundo niega lo primero. Cuanto más grande es una sociedad, estas diferenciaciones son más comunes y necesarias. No todos pueden gobernar como alcalde o gobernador. Por mucha rotación que haya, al final son unos pocos en nombre de muchos, con grupos de apoyo y quienes se oponen y adversan.

Recuperando el hilo…

A lo que íbamos, la sociedad de mercado ha sido una ingeniosa ocurrencia perfeccionada en el tiempo. Y su valoración debería ser, ante todo, económica y social, antes que política. El mercado, como intercambio de productos, tiene una antigüedad suficiente como para prevalecer ante los modelos de Estado. Basta el caso de China, no solo como la manufacturera mundial, sino en espacios tan tradicionales (y de recuerdos nefastos) como el mercado de Wuhan (donde se inició el COVID). Pero cuando Alejandro Magno hubo intercambios entre Oriente y Macedonia, los fenicios y cartagineses también se dedicaron al comercio, en el Medioevo hubo ferias importantísimas como las de Medina del Campo o Milán, en la Rusia imperial se movían las mercancías de un lado a otro.

Como genialidad Alejandro Magno agarró el tesoro de los persas y lo transformó en monedas, facilitando los intercambios de productos por una cantidad conveniente de estas. Con lo cual asistimos a la forma más común de intercambio y de cálculo financiero. Un presupuesto puede referirse tanto a lo gastado, a lo que se debe gastar, pero también es una medida que engloba sin muchos recovecos los gastos que deben realizarse. Por ejemplo, restaurar un templo, inaugurar un CDI, rehabilitar una escuela son asuntos cuyos cálculos reales se podrían medir de otra forma: ¿cuántos bloques o ladrillos hacen falta? ¿cuántas toneladas métricas de cemento y arena pueden hacer falta? ¿cantidad y grosor de las cabillas? ¿mano de obra? Por supuesto, que se puede trabajar en base a donaciones de materiales o de trabajo, pero también esto se puede calcular en unidades monetarias, en este caso como ahorro, y descontarlo como para saber los gastos que hacen falta todavía cubrir.

Las monedas permitieron calcular en un patrón común el precio de un artículo, que servía tanto para comprar como para vender. O lo aspirado a recibir por un trabajo. El uso del patrón dinero permitió evitar, por ejemplo, que se usara para intercambiar otra unidad menos versátil o el trueque mismo. Es curioso, pero en la Iglesia, cuando se podía y había alguna campaña de solidaridad ante una tragedia, en ese momento abundaban harinas, algún grano y, si acaso, sardina. Es válido este aporte, pero deja por fuera otros aspectos, como pueden ser algún tipo de medicamento necesario o artículos de higiene personal. Claro que en esos momentos la recolección de alimentos, medicamentos y ropa era envidiable, más allá de lo que se pudiese mejorar. Hoy en día pudiese centrarse en harina las donaciones, si bien la llamada “Olla solidaria” era más un tipo de hervido rendidor, que lleva otros ingredientes.

Si bien es cierto que el uso del dinero también puede pervertirse (cuando la vida de una persona vale el dinero que se entregue al sicario o ante la catástrofe del sistema público de salud solo unos pocos tengan acceso a los seguros y atención privada), el siglo XX aspiró a que las tasas de desempleo fuesen bajas y que el salario mínimo alcanzase para cubrir las necesidades básicas de una familia (la canasta familiar). La mayor parte de la población, a niveles distintos, tenía acceso al mercado de bienes y servicios. Lo que se traducía en una sensación de bienestar y de “ser alguien”. El sentido de pertenencia social era mayor, puesto que no solo unos pocos recibían beneficios. Y había reglas claras (o que aspiraban a serlo) para regular no solo la compra, sino también la oferta. La libertad de emprendimiento permitía localizar necesidades que satisfacer y, por lo tanto, bienes y servicios que ofrecer.

De nuevo, tal dinamismo no estaba exento de fallas. Por considerar algo básico, cuando un proveedor de servicios velaba más por sus ingresos que por la calidad de su servicio. En la medida en que el engaño pudiese ser una forma de ganancia, el sistema dejaba de funcionar. Se defrauda el sentido del intercambio, donde hay beneficios de parte y parte.

De regreso a la política

Si es cierto que el único poder no es el dinero, es un factor de incidencia importante. Y el bienestar puede o causar una deserción del espacio público, propio del ciudadano, o que las personas se involucren como ciudadanos, es decir, como responsables de la salud política y social de una sociedad. Una de las traiciones más viles a la democracia fue la reducción del sistema a las elecciones y las elecciones a un espectáculo carnavalesco de captación de “subscriptores”. De ahí al engaño, encubrimiento y manipulación hay solo un paso. Con complicidades entre supuestos adversarios, donde la negociación política (acuerdos) terminaba siendo distribución de cuotas de poder entre facciones no interesadas en proyecto alguno, sino en perpetuarse. La “civilización del espectáculo”, en expresión de Mario Vargas Llosa, hacia que las lealtades fueran tan emocionales como en un concierto de música pop.

Así que la acusación de los detractores en cuanto a la perversión de la democracia no era gratuita. Solo que, ante la manipulación de parte de los factores en el poder, se fue dando un uso interesado e instrumentalista del lenguaje. De la inspiración griega por la democracia como gobierno del pueblo (incluyendo todas las castas y en contraposición con las oligarquías), se “marximizó” hasta identificarla con algo que no había en la antigüedad, que fue el proletariado. En una estratificación social entre clases altas, medias y bajas, al final la palabra “pueblo” parecía referirse a las bajas en contraposición dialéctica con las altas. El romanticismo también hizo de las suyas, sin esta virulencia, pero sí con una sensibilidad especial, como refleja Les miserables de Víctor Hugo. Por lo tanto, para los grupos de extrema izquierda, la burguesía había secuestrado la democracia para subyugarla a favor de sus propios intereses, despojando al pueblo de su libre ejercicio. La misión histórica de la izquierda era devolver la soberanía al pueblo.

Una cosa es observar el planteamiento sobre el papel y otra en ver cómo se fue maniobrando de forma estratégica. Porque se les fue arrebatando el poder a los partidos tradicionales para entregárselo al pueblo, cuyos voceros en exclusividad eran estos nuevos incursores del poder político. En esta “unión hipostática” entre el pueblo y sus representantes, se fue avanzando por la senda que, con algo de escrúpulo tal vez, abrieron los anteriores. La misión histórica de guiar al pueblo hasta el siguiente nivel de la historia, depositada sobre sus hombros, hacía que todo les fuese permitido y fuese “moral”. Propaganda engañosa, difamación y calumnia, detenciones arbitrarias, para no entrar en aspectos más truculentos, estaban legitimados por los fines, según parecía. Y este exceso de poder, justificado, según ellos, por su misión histórica, podía utilizarse para el pecunio personal. Con repercusiones existenciales que no se abordarán en este escrito.

Por lo tanto, para los grupos de extrema izquierda, la burguesía había secuestrado la democracia para subyugarla a favor de sus propios intereses, despojando al pueblo de su libre ejercicio. La misión histórica de la izquierda era devolver la soberanía al pueblo

Estrategias (fallidas) para la perpetuación en el poder

El desmantelamiento del mercado, vulnerable a las miserias de sus agentes y operadores, creó el escenario propicio para que apareciese el Estado omnipotente, que todo lo resuelve. La responsabilidad se fue desplazando del ciudadano al poder político. Con una doble consecuencia: la dependencia y el colapso. Porque un sistema centrado en la hegemonía del Estado se muestra altamente ineficaz. No solo por su tamaño y el supuesto procedimiento en la toma de decisiones. Sino por sus contradicciones internas y falta de contrapesos y supervisión.

Al final el ciudadano despojado de su poder económico y, por lo tanto, de poder participar en el mercado, queda sometido a la maquinaria política como súbdito, vasallo o esclavo. Y, como el Estado no consigue sustituir al mercado (hasta parece ser que funcionarios invierten en él, sin hacerle caso a las malas lenguas que hablan de tráfico de estupefacientes), la iniciativa privada se conserva y resiste en condiciones terribles. Son los que proveen y se las ingenian para abastecer, si bien conservando márgenes de ganancia que permitan cubrir costos y algo más.

Pero ¿qué pasa con el mercado en una sociedad sin ciudadanos con cierta autonomía para sus decisiones económicas? Sencillamente se encoge. Comienza a funcionar en relación con las necesidades de una parte de la población. Si, quienes pueden pagar, son del grupo que conserva el poder político o afines, para que el mercado funcione debe venderles a ellos.

Pero un mercado encogido significa que muchos de los posibles negocios han dejado de existir. Los que quedan no solo venden a unos pocos, sino que eso que venden debe tener precios suficientes para no cerrar. Porque detrás del precio de un producto no solo está el costo del material, las maquinarias de elaboración, el personal que intervino, el embalaje, los contactos de comercialización, la distribución. También hay que incluir, si se piensa en quien ofrece el producto al consumidor o usuario final, los costos de alquiler del local, la luz, el agua, los empleados, los impuestos, puntos de venta…

En las sociedades con economías sanas, donde el ciudadano conserva su poder adquisitivo, la dinámica de intercambio es tan veloz que permite optimizar todo el proceso. Por hacer una consideración escueta y sin ánimo de reflejar al calco la realidad, si tengo una idea de lo que cuesta a un negocio estar abierto en un mes, puedo hacer una simple división como para calcular lo que se debe vender a diario. Si el volumen de ventas es alto, los costes se cubrirán con las primeras ventas del día y lo siguiente representará recuperar la inversión de lo gastado en el producto y en crear ganancia. Que puede invertirse, ampliarse, traducirse en mejoras, invertir en publicidad… o en ofrecer descuentos, para acelerar aun más la dinámica de ventas. Pero para ello ni el ciudadano ni quien se dedica a una actividad económica tienen que estar arrodillados ante un poder despótico.

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Alfonso Maldonado

Escritor. Enseñante de teología. Locutor. Fotografo. Defensor de los DDHH. Y, last but not least, sacerdote. VENEZUELA www.ficciografias.com https://www.ama