La fuga del tiempo

Alfonso Maldonado
5 min readSep 22, 2023

Mido el tiempo, lo sé; pero ni mido el futuro, que aún no es; ni mido el presente, que no se extiende por ningún espacio; ni mido el pretérito, que ya no existe. ¿Qué es, pues, lo que mido?”. (Confesiones XI, XXVI, 33)

La persistencia de la memoria, o relojes blandos o derretidos, de Salvador Dalí

De las cosas curiosas de estos veinte años de “revolución” (¿involución?), ha sido la pérdida de la referencia al tiempo. De por si el tiempo es una categoría muy particular. Sentimos (y somos) seres en el tiempo. El tiempo (y el mundo) es la escenografía de nuestras decisiones, que tampoco son aisladas.

Pero queda la pregunta sobre qué es el tiempo. Así que algunos hasta consideran que este no existe. Lo que existe es la duración. Los antiguos (y los modernos) usaban como medida del tiempo la regularidad de algunos movimientos, como el de los astros. Pero el tiempo podría ser muy subjetivo… si no fuera porque nos morimos (antes de ello envejecemos). Eso es de una objetividad incuestionable.

Sentimos que transitamos por la vida por etapas. De ahí las celebraciones. Está en nacimiento, pero también la graduación y el primer trabajo. Cuando la gente se casa, tiene hijos, se jubila… Todo ello acompaña el proceso degenerativo del cuerpo y las facultades, que varían de persona a persona ¡Ah! Recordando que antes llegamos a nuestras máximas capacidades, cuando entramos en la juventud, con variaciones en quien ha cultivado su físico, ha llevado una vida saludable y un largo etcétera. Y luego recogemos experiencias.

El tiempo y la vida tienen sus rituales y protocolos. Se le acompaña con el traje o el vestido. Hay símbolos de una u otra generación. Los roles y responsabilidades cambian. Algunos consiguen logros significativos. Otros, que han estado en mejor situación, han comprado su primer carro, su primera casa… en fin.

El tiempo y la vida tienen sus rituales y protocolos

He sido testigo de gente que progresó y se esforzó. Estudió y quiso salir del barrio, porque así lo consideraron. He escuchado de gente, en su momento ligada a esta llamada revolución, que no quería que sus hijas se casaran o se juntaran con los vecinos de una zona paupérrima donde vivían, sino aspiraban a algo más. Gente que se ha “fajado” y buscan otros horizontes, para salir de entornos dominados por la inseguridad y delincuencia (sobre todo en el momento en que me encontré con estas personas, hacia el 2007). El cambio de ropa, no por razones superfluas, sino por el cambio de relaciones y responsabilidades, era posible. También el acceso al cambio y renovación del vestidor (que en muchas viviendas se reducía a un armario), sea en comercios formales o en la buhonería informal.

Para muchos el tiempo se fue paralizando, casi que desde 1999. Si, por un lado, los acontecimientos internos tenían una velocidad única y en cascada, los conflictos políticos absorbieron la atención entre quienes esperaban un cambio, como final de una etapa, y quienes defendían el proceso, como epopeya de la nueva humanidad.

Mientras el tierra seguía por otros rumbos (piénsese solo en todo que siguió al 11S en el 2001), la polarización y burbuja petrolera permitió pasar la primera década del milenio en un mundo paralelo. El desorden financiero interno y las crisis económicas externas, a las que los políticos decían que Venezuela estaba inmunizada, fueron haciendo merma. La economía se ralentizó y la inflación se disparó. Poco a poco el venezolano fue reencontrándose con otros venezolanos accediendo al carné de la patria, en los programas sociales populistas y clientelares (tipo CLAP), en la cola para conseguir baterías, en la organización diurna y nocturna de filas para acceder a un local que hubiera recibido productos regulados o, como no, en las puertas de farmacias. La vida fue absorbida por la supervivencia. Con la interrupción a causa de la pandemia y la liberalización pragmática y de facto del mercado de los últimos años, sin variaciones mayores en las normativas confiscatorias y restrictivas (solo que no se aplican… por ahora).

Hubo jóvenes que estudiaron y se graduaron. Quisieron comenzar a trabajar. Algunos lo lograron y otros no. Esperaron al principio para estabilizarse y formar una familia. Aunque lo que consiguieron muchos fue constituir relaciones informales con descendencia. Las etapas de antaño dejaron de vivirse y de soñarse. Los carros se dejaron de renovarse, los repuestos comenzaron a escasear o a perder calidad, las casas se fueron deteriorando, los pavimentos se cuartearon, las patrullas y ambulancias quedaron accidentadas en algún estacionamiento.

En los peores momentos se podía ver por la calle una niña delicadamente vestida, como una princesa (inclusive de forma literal, cuando se estaba en los días de Carnaval), a lado de una mamá a quien las cremas y maquillajes se habían ausentado de su cómoda, la ropa lucía desgastadas y los huesos se les veía prominentes. A lado de la propuesta de vestimenta femenina en la que, en una prenda, como si fuera un traje de baño de una sola pieza, la mujer podía ahorrase la ropa interior y la blusa, estaba la gente que se dedicó a terminar de desgastar la ropa usada. La moda fue sustituida por “lo que haya”, por lo que un rostro curtido se asomaba sobre ropas con diseños juveniles con un mucho de retro, pero genuino.

El tiempo como progreso se fue perdiendo. Se vive en modo de “eterno presente”. Lo más, es la parodia de Sísifo, el titán condenado a mover una roca hasta la cumbre, que volvía a caer cuando casi conquistaba la cima.

La falta de percepción del tiempo, donde lo que queda es sobrevivir y envejecer, es lacerante. Imaginar la vida supone una concepción del tiempo lineal, por más que sobrevengan obstáculos y contratiempos. Cabe en unos estudios, en la elaboración de un proyecto, en el financiamiento de una empresa o una casa. Decisiones como el casarse y tener hijos, vienen ubicados en un tiempo que no es siempre igual. Que se percibe como que avanza, no como que retrocede. El ser humano se encuentra permanentemente perplejo, cuando todo es siempre lo mismo, fuera de las arrugas de su frente. Cuando la fase siguiente no llega, o llega con ausencias.

Quien sale del país no solo se escapa de una trampa mortal que amenaza su existencia. O solo busca sociedades con un mínimo de normalidad, como para progresar en paz. Sale para conseguir la bocanada de aire fresco que es el tiempo. Aunque no todo salga bien.

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Alfonso Maldonado

Escritor. Enseñante de teología. Locutor. Fotografo. Defensor de los DDHH. Y, last but not least, sacerdote. VENEZUELA www.ficciografias.com https://www.ama